Educar para un nuevo humanismo

Entrevista a Edgar Morin

Por Nelson Vallejo-Gómez

Situar nuestra condición humana local y global es concebirnos a su vez como seres con filiación cósmica y, al mismo tiempo, indicar nuestras diferencias y singularidades, que emergen de la conciencia, del pensamiento, de la cultura. El regalo que pueden dar las ciencias a las humanidades, en el campo educativo, es el de situarnos en nuestra condición bio-física, terrícola y sideral.

Edgar Morin

Edgar Morin, Paris, 2016. Foto RD

Nelson Vallejo-Gomez : « ¿Edgar Morin, qué reto deberá aceptar hoy en día la Educación? »

Edgar Morin : En el ámbito de la educación como en el del conocimiento y en el del pensamiento hay un desafío mayor que debemos enfrentar, si queremos preparar los jóvenes que vivirán el próximo siglo: se trata de la contradicción entre los problemas cada vez más globales, interdependientes y planetarios por un lado, y nuestro modo de enseñar y de conocer cada vez más fragmentado, parcelario y compartimentado, por el otro.

NVG – ¿Qué necesita integrar un sistema educativo para afrontar esa contradicción?

E.Morin: Creo que debería aspirar a lo que Pascal1 decía hace tres siglos: «Tengo por imposible conocer las partes sin conocer el todo, así como conocer el todo sin conocer particularmente las partes’. No se trata de un conocimiento fragmentado que ignora las relaciones entre las partes, ni de un conocimiento holístico o totalizador que cree conocer el todo sin ninguna relación con el conocimiento de las partes. El conocimiento debe estar en movimiento, en relación y en religación constante entre lo local que afecta lo global y lo global que reafecta lo local. Aspirar, pues, a un pensamiento capaz de establecer relaciones entre las partes y el todo; un pensamiento que sabe contextualizar lo singular y concretizar lo global. Debemos plantear en todos los campos de la vida y en los campos universitarios, la necesidad de un pensamiento cuestionante, multidimensional, inevitablemente fragmentario, pero que nunca abandona las cuestiones fundamentales y globales.

Dos tipos de ceguera afectan hoy la educación cuando tratamos de lo global y de lo contextual. La ceguera que producen los egocentrismos, los particularismos, los atrincheramientos nacionalistas, étnicos y fanáticos. Y la ceguera que proviene de un pensamiento técnico-científico, en donde la aptitud a pensar lo global está atrofiada por la racionalización y la hiperespecialización. La ciencia humana más formalizada, la ciencia económica, ha sido incapaz de pensar las perturbaciones y las crisis que de Surasia a Brasil amenazan la dislocación de la economía mundial. ¿Por qué esta carencia mental? Porque la economía se convirtió en una racionalización de los intercambios de capitales encerrada en si y desconectada del contexto humano y social. Es curioso anotar que en la Bolsa de valores se producen movimientos irracionales, fenómenos psicológicos, pánicos, que no se explican del punto de vista de la ciencia económica.

NVG: ¿La educación podría llenar esa carencia mental?

E. Morin – « Es posible. A condición de que entendamos la nueva misión educativa como una reforma del pensamiento que permita religar disciplinas; es decir, como un cambio de paradigma que modifique la manera en que nos hemos acostumbrado a pensar. El paradigma de conocimiento que gobierna las mentalidades del « pensamiento único », el cual critico por doquier, se basa en cuatro pilares: lógica deductiva, reduccionismo, separabilidad y ordenamiento. El ordenamiento mental establece y regula lo que se define de la realidad. La separabilidad es el conocimiento simplista de las partes y sin religación entre si. Hay una tradición educativa que separa las ciencias, la cultura humanista de la cultura científica. El cientismo crea una mentalidad incapaz de reconocer la subjetividad e ignora la ínter subjetividad necesaria para relacionarse entre seres humanos. El reduccionismo es la disminución a lo medible, lo cuantificable y cuando rechaza la contradicción aparece una forma mental de raciocinación lógico-deductiva. Se hace evidente la necesidad de pensar hoy en día bajo un paradigma de complejidad, pues vivimos bajo los imperios del principio de disyunción, reducción y abstracción, a cuyo conjunto contribuye lo que llamo el paradigma de simplificación.

NVG¿Cómo religar las disciplinas?

E. Morin: Es necesario recordar cuatro intenciones fundamentales de la educación. Pienso que Montaigne formula claramente la primera: «Es mejor una mente clara que atiborrada.» Esto quiere decir que la enseñanza no consiste en acumular conocimientos, sino en organizarlos en función de los puntos fundamentales.

Juan Jacobo Rousseau formula la segunda intención de la educación: enseñar al joven la condición humana, su humanidad. Este precepto es el fundamento de toda cultura humanista. En nuestra era planetaria, se hace más urgente esta enseñanza, pues toda la humanidad vive hoy una comunidad de destino, sometida a los mismos problemas de vida y de muerte. Es en este horizonte que debemos pensar y concebir un lazo entre la cultura científica y la humanística. ¿Por qué? Porque si nos inspiramos de las ciencias polidiciplinarias -Ecología, Ciencias de la Tierra, Cosmología-, podemos situar el hombre en su condición humana, bio-física/cultural/compleja; situarlo, no solo localmente sino temporalmente, como un ser constituido por partículas forjadas en soles anteriores al nuestro. Situar nuestra condición humana local y global es concebirnos a su vez como seres con filiación cósmica y, al mismo tiempo, indicar nuestras diferencias y singularidades, que emergen de la conciencia, del pensamiento, de la cultura. El regalo que pueden dar las ciencias a las humanidades, en el campo educativo, es el de situarnos en nuestra condición bio-física, terrícola y sideral.

Por supuesto, literatura, poesía, música y toda forma artística nos sitúan en la condición humana; inspirándonos de la tercera intención de la educación, formulada también por Rousseau: ‘enseñar a vivir’. ¿Qué significa vivir? ¿El hecho de vivir, las vivencias, es de por si aprendizaje? En la educación no se trata solamente de enseñar técnicas, saberes, modos de producción, etc., también educar significa aprender las relaciones con los demás y consigo mismo, aprender la civilización, la ciudadanía. Pienso que en ese sentido la literatura, la poesía, el cine es como escuelas de vida para los jóvenes y menos jóvenes. Escuelas virtuales que nos muestran y nos enseñan la condición compleja de las relaciones humanas. Humanidades que enseñan a conocer el ser humano, no en el modo desubjetivado de las ciencias objetivas, sino como sujeto, individuo que vive, sufre, ama, odia y está situado en un torbellino de relaciones humanas. Por eso hay en cada vivencia humana algo de poético y mucho de prosaico. Debemos aprender a ser concientes del diálogo contradictorio y complementario entre prosa y poesía que constituye nuestra vida. La prosa está en los oficios fastidiosos y necesarios que efectuamos diariamente para sobrevivir. La poesía emerge de los momentos de alegría, de amor, de amistad, de fiesta y de comunión. Hölderlin decía: «El hombre habita poéticamente la tierra.» Creo necesario anotar que no solo habita poéticamente sino prosaicamente; pero lo importante está en aprender a vivir de tal manera. Si aceptamos la idea que aprender a vivir poética y prosaicamente es aprender la condición humana, vemos que puede existir una comunicación entre las dos culturas separadas hoy en día en los cursos de enseñanza: la científica y la humanística.

Tenemos que educar los jóvenes en un humanismo con raíces terrícolas, biológicas, físicas, culturales, históricas, siderales; educarlos en una toma de conciencia de la comunidad de destino planetario frente a los desafíos de vida y muerte que enfrentamos hoy por hoy: la amenaza nuclear, ecológica, económica, la ceguera mental que conduce a la muerte. Educar en el horizonte de dicha toma de conciencia nos une en el espacio que llamo Tierra-Patria.

Con respecto a la cuarta finalidad de la educación que quiero subrayar, pienso en la de formar ciudadanos, no solo de la nación de cada cual, también en formar ciudadanos de la Tierra. La idea de ser ‘ciudadano de la tierra’ puede entenderse a partir, justamente, del examen de la condición humana y de un nuevo humanismo. ¿Por qué nuevo? Porque el humanismo tradicional tenía doble cara. La primera, arrogante, era la del hombre como sujeto único del Universo, llamado a ser como dueño y maestro del mundo. Idea formulada por Descartes, Bacon, Marx. Esta idea reinó hasta hace algunos decenios; no solo hasta que su carácter ridículo no resistiera al indeniable descubrimiento de la astrofísica: la tierra es un astro minúsculo en la constelación, sino también con la puesta en relieve de que el dominio de la naturaleza conlleva su destrucción, la degradación de la biosfera y la autodestrucción de la humanidad. En el fondo, la verdadera humanidad no tiene por misión el dominio del cosmos, sino la convivialidad y la comprensión terrestres.

La segunda faz del humanismo tradicional es la de unos derechos humanos abstractos, principios necesarios pero universalmente abstractos, sin tener en cuenta las raíces únicas e idénticas de la diversidad humana: diversidad psicológica, cultural, histórica. Aquí encontramos un modo de pensar que tenemos que inculcar en la educación de los jóvenes desde un comienzo: saber que la unidad contiene la multiplicidad y que la multiplicidad contiene la unidad. Pues quienes solo consideran la unidad de la especie humana olvidan su diversidad, y aquellos que consideran su diversidad solo ven un catálogo atiborrado de diferencias antagónicas y explosivas. Luego tenemos que educar los jóvenes en un humanismo con raíces terrícolas, biológicas, físicas, culturales, históricas, siderales; educarlos en una toma de conciencia de la comunidad de destino planetario frente a los desafíos de vida y muerte que enfrentamos hoy por hoy: la amenaza nuclear, ecológica, económica, la ceguera mental que conduce a la muerte. Educar en el horizonte de dicha toma de conciencia nos une en el espacio que llamo Tierra-Patria.