De la disrupción liberal a la ética del entramar

Por Nelson Vallejo-Gómez

“Toda mirada sobre la ética debe percibir que el acto moral
es un acto individual de entramar (“relier”):
entramar con el prójimo, entramar con una comunidad,
entramar con una sociedad y, en el límite,
entramar con la especie humana.”

Edgar Morin, El Método 6 – Ética (Paris, 2004)


La propuesta de poner en tensión conceptual los vocablos disrupción y ética viene de la intuición (por confirmar en la reflexión y el debate), que ahí se plantean puntos de pensamiento y acción diferentes y complementarios. Nuestra tesis es que la disrupción pone en evidencia un pensamiento disyuntivo y la ética, un pensamiento complejo. Por consiguiente, donde hay fuerzas que separan y destruyen, generar pensamiento crítico, pedagogía y educación es más que un deber ético, es un imperativo de regeneración necesaria para la sobrevivencia de un sistema abierto. De igual manera, nuestro tema pone de manifiesto poli crisis que atestan la existencia de un conflicto de paradigmas entre las dinámicas de lo tradicional y lo moderno, entre cosmovisiones y cambios radicales y generacionales.

El desafío reside en que la disrupción aparece, en el ámbito socio-económico, político y hasta cultural contemporáneo, como una propuesta liberal inédita, que regenera el capitalismo tradicional, la dinámica empresarial y la gestión del cambio en situación de crisis de mercadeo, es decir, regenera el sentido y dinamiza el entramado comunitario necesario a la conducción de políticas públicas o privadas, inspirándose en la revolución digital y en la economía algorítmica. La dinámica disruptiva conllevaría entonces, en su lógica innovadora, la emergencia de un dato inédito y de un hecho cualitativo que rompería los círculos viciosos de los sistemas económicos, sociales, políticos y culturales.

La disrupción es corte, ruptura e intrusión que busca “liberar energías” (“innovación destructora”, diría Schumpeter1), generando así un choque propicio o impropio de tradiciones y culturas. ¿Cómo lo hace y qué consecuencias trae? Lo hace desgranando, dispersando y desnuclearizando los componentes del sistema existente. Las consecuencias que trae, en la ruptura de los tejidos propios a un sistema familiar, empresarial, nacional, internacional, social, económico, político y cultural aparecen en lo que ocurra cuando hay “río revuelto” o después de “patear” las fichas, las reglas y costumbres del juego.

¿Cómo contrabalancear la disrupción? Proponemos hacerlo con la ética del entr-amar.
La ética es una forma de ser en cuanto a la manera de comportarse, por lo que la ética le apunta más a forjar carácter y a la pedagogía. Con lo cual se requiere voluntad y energía. Al romper códigos, tradiciones y reglas, la disrupción libera fuerzas y genera situaciones que se pueden enfrentar con la moral, el orden o las reglas existentes, pues lo que emerge de entrada es caótico. En tal caso, diríamos que la disrupción des-une o des-entrama, mientras que la ética une y entrama. Un comportamiento ético genera naturalmente confianza (deontología, por ejemplo), lo disruptivo provoca desconfianza, por lo abrupto, lo inesperado y lo inapropiado.

¿Dónde reside entonces la complementariedad posible, la conjunción en juego creativo entre lo ético y lo disruptivo? ¿Puede la disrupción liberar energías que sirvan a fraguar caracteres, en relación de confianza y comportamiento ético? ¿Con qué artificios conceptuales captar, en su debido momento, lugar y contexto la novedad de la innovación o lo realmente cualitativo? Pues téngase por entendida esta alerta de Bernard Stiegler: “La disrupción es lo que va más rápido que toda voluntad, tanto individual como colectiva”2. La dinámica disruptiva provoca reacciones en cadena. El arte reside en restablecer las regulaciones necesarias al equilibrio momentáneo, pero necesario, del sistema en ebullición permanente.

Razón por la cual percibimos en la disrupción y la ética una convocatoria al pensar, pues la explosión voluntaria o accidental de los sistemas de convivencia genera estragos y hasta horrores. La historia del mal absoluto, la de los crímenes de lesa humanidad nos enseña que, cuando no se piensa, se sufre la barbarie. Luego, el mal también tiene su historia propia, no surge de la nada. Pensando con Hannah Arendt3 y con Edgar Morin4, hay que considerar a la falta de pensamiento crítico, es decir, al comportamiento irreflexivo y a la carencia de ética como un síntoma radical de totalitarismo mental y de debilidad humana, ante la potencia maligna, su actualización y banalización. Acotemos, ahí mismo, que también tenemos que imaginar la positividad del caos y el posible parabién de la disrupción.

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