Carta a Rosita

París, 29 de septiembre de 2025

Querida y recordada Rosita,

Te deseo salud y alegría, así como también, a tu marido de toda una vida.

A veces, recibo noticias de Mariana. ¡Cuánto me alegra que esté construyendo un hogar con Valerio! Hace 15 días estuvieron en París. Me llamaron para ir a vernos, pero yo estaba en Lima. El ministro de educación del Perú me había pedido una asesoría sobre descentralización de políticas educativas de Estado.

Supongo que me has enviado copia de esa foto tan bella con Serge y Gertrudis Cecilia, porque sabes que me daría alegría por ustedes, pues mi hermana y Sergio son dos Justos.

Recuerdo cuando ustedes vinieron a verme por Primera vez a París y se los presenté.

Me alegra saber que, con el pasar de los años, han logrado construir una bella y generosa amistad, con respeto, admiración y fidelidad.

Supongo, también, que me mandaste esa foto para que sintiera la nostalgia de una amistad perdida.

Ha sido muy doloroso.

Tal vez sería necesario un estudio clínico y un especialista de rupturas, que permita ver con merianidad las razones y sinrazones de uno y del otro, de la desaparición del misterio del NosOtros.

Los últimos dos tristes, vergonzosos y mesquinos episodios, que han llevado a un desapego probablemente definitivo, por lo menos en lo que me queda de tiempo en este Valle de Esperanza, se produjeron: el uno el año pasado y el otro durante la agonía y muerte de mi madre, en marzo.

Te los voy a relatar, pero olvídalo de inmediato. No quiero que te produzcan desagrado, si mucho, lástima y caridad, perdón.

El primero tuvo que ver con haberle pedido a Guillermo que consignara el equivalente en el cambio oficial en pesos de 300 euros a Merceditas, a manera de contribución para la mesada de mis hermanas al sustento de nuestra madre. Yo, le había entregado la misma suma a Mariana en Madrid.

¡Guillermo sólo consignó el equivalente a 250 euros, según el cambio oficial de la fecha en pesos colombianos!

Yo estaba acostumbrado a esa transacción con la cuenta bancaria de Fabián Sanabria en Bogotá. El consignaba la misma suma a mi hermana del equivalente en pesos, según el cambio en el Banco de la República, y yo le consignaba en euros en una cuenta que tiene en París. A él, eso le parecía simplemente legal, normal con un amigo y, si se quiere: ético.

Cuándo pregunté a Guillermo por los otros 50 euros, me respondió que la taza de cambio del Banco de la República no era problema suyo, porque él tenía un tipo a quien compraba los euros a otra taza.

Hubo una conversación desagradable en la que le dije que no solamente «él se la tiraba de vivo con un amigo», sino que también, «él se prestaba al contrabando y lavado de euros de la economía ilegal».

Me contestó que, según yo, entonces «era él, quien debía perder dinero», como si yo fuera quien decidiera de la taza oficial para saber si ganaba o perdía.

Me pareció, como dicen los paisas, vivo y conchudo.

No le gustó e inmediatamente consignó a Merceditas la totalidad de los 300 euros en la taza de cambio del Banco de la República, y según la misma fecha que yo entregué a Mariana la misma suma de 300 euros.

Las cosas se quedaron así.

No volvimos a hablar del tema.

No sabía que Guillermo tenía esos problemas con el dinero.

Muchas veces supe de peleas con sus hermanos, y hasta con su madre, por esa «mierda maligna», como llama el Nuevo Testamento al dinero.

Recuerdo que nuestro desacuerdo en UniSabaneta tuvo varios matices, y un matíz similar.

Al regresar a París, yo no volví a escribirle, o muy poco.

En marzo pasado, durante la agonía de mi madre, sucedió el segundo episodio. Nunca buscó comunicarse con el amigo que sufría la agonía de la madre. Sólo me mandó un mensaje de whatsapp para hablar de él, contarme que «él ya había pasado por las mismas y que era muy doloroso».

Pero, eso no fue todo. Guillermo se comunicó varias veces con Gertrudis Cecilia durante esa semana. Sabía que había un conflicto de interpretación en mi casa, al respecto de la manera de «tratar» la agonía y el sufrimiento de la mamá. A mí hermana se le había salido la «tiranía de la Mayor». Cada uno de los hermanos, vivió y sufrió, a su manera, la muerte de la madre. No hubo comunicación ni comprensión ni mutúo bálsamo contra el dolor.

Cuando ustedes dos llegaron al atrio de la iglesia a darnos el sentido pésame, las primeras palabras de Guillermo para conmigo no fueron el abrazo, la dulzura y la discreción de un amigo, sino un chiste estúpido, irónico y mordaz, a sabiendas de la tensión familiar con Cecilia (desde que regresamos a Francia, ella a Nantes, yo a París, no nos hemos visto ni nos hemos llamado), chistes de mal gusto, como él sólo sabe hacerlos para herir, terco y arrogante, brutal.

Me dijo: «¡Ahora, tienes que obedecer a Cecilia. Ella toma la posta de Doña Ofelia, y es la mayor!».

Yo, estupefacto, hice una mueca, lo saludé, despidiéndome.

Y, hasta entonces.

Sólo le escribí, cuando se infartó y se murió Pelusita.

Pero sin más.

Un abrazo fraterno.

Nelson Antonio.

PD: Este recuerdo, en el Monte Blanco