Desde la distancia y el apego, la elección presidencial en Colombia (2026)

Por Nelson Vallejo-Gómez

Cada que hay elecciones por la Presidencia de la República de Colombia, escribo una carta a mis compatriotas colombianos de nacimiento o de alianza ciudadana.

Estoy en un tren de alta velocidad que me lleva de París a Bordeos. El paisaje desfila ante mis ojos a 300 ks por hora. El mundo exterior se transforma en líneas geométricas en movimiento continuo. Recuerdo un pensamiento de Blaise Pascal que me anima la vida con frecuencia y armonía: urge religar el espíritu geométrico y de finura, es decir, capacidad de razonar con rigor y, al mismo tiempo, comprender intuitivamente las sutilezas de la condición humana.

Estaré diez días en la ciudad de Montaigne, participando en el jurado del concurso nacional para contratar “jefes de estudio” o “coordinadores de convivencia escolar” en los colegios y liceos públicos o privados con control ministerial en Francia.

Antes de tomar el tren de las 15:05 en la Estación Montparnasse, estuve en el Consulado General de Colombia en París, asumiendo humildemente mi deber ciudadano, en el marco de la próxima elección presidencial de mi patria natal.

Algunos compatriotas indecisos se preguntarían por quién votar y hasta interpelarían la pertinencia del voto democrático. Les digo que votar es un derecho conquistado por el pueblo con sudor, sangre y lágrimas; por eso, urge ir a votar, a como dé lugar. Así lo he hecho yo, entre dos reuniones de trabajo, atravesando todo París, antes de tomar un tren que me alejará de la capital gala durante diez días.

Recordemos que, además de un derecho, votar es un deber ciudadano inalienable, savia vital para un régimen democrático. La identidad republicana del ser ciudadano expresa su máxima potencia en el acto individual de transferencia de la voluntad del individuo a la voluntad general o popular, si se respeta y reconoce el debido proceso electoral que cristaliza dicha transferencia, es decir, si no existe voluntad o acción corrupta en dicho acto de transferencia de la voluntad de poder, en su subsidiaridad y atribución constitucional.

Urge entonces, responder por este deber, que es un derecho, y ejercer este derecho, que es un deber, sin miramientos ni prejuicios ni falacias ni traiciones.

Vayamos a votar en conciencia, alma y libertad, sin aceptar presión cualquiera, venga de donde venga.

Urge votar libremente y en conciencia ilustrada, sin que la familia ni los amigos ni el patrón ni la religión nos digan por quién votar.

El ejercicio del voto democrático, libre e ilustrado requiere ser desinteresado, porque apunta al bien común, que es bien de todos y monopolio de nadie. Es un bien cuyo valor es sin precio, aunque cueste mucho más de lo que una sola persona pueda dar, siendo su valor la suma colectiva de donde emerge el reconocimiento y la justificación de una maza crítica que hace mayoría.

Ir pues a votar, quiere decir, ser mayor de edad, responsable en democracia y solidario con el buen funcionamiento de las instituciones electorales de la Nación, en suma, votar significa: tener criterio propio; vayamos a votar sin obligación, sin coimas, sin insultos y sin miedo.

Por mi parte, he ido a votar al mediodía de este martes 26 de mayo en el Consulado General de Colombia en París, mesa 6, pues estoy afincado en esta ciudad luz, por razones del azar y de la necesidad, desde enero de 1982, sin dejar de ser lo que soy, y porque, según nuestra Constitución de 1991, “ningún colombiano por nacimiento podrá ser privado de su nacionalidad y la adquisición de otra nacionalidad no implica perder la colombiana”.

Hay quienes se preguntarían por qué ejercer este derecho ciudadano de voto sin tener bienes raíces ni intereses personales o corporativos que defender en tierra colombiana, aunque sí, familiares y amigos que tanto extraño, pero cuyos intereses tienen su propia historia. Les respondo que voto como ciudadano de la República y no como propietario ni terrateniente ni considerando que los que están conmigo son mis amigos y los que no, mis enemigos. Por eso, porque no soy propietario de nada ni de nadie, y menos aún propietario de las ideas que trato de expresar de la manera la más cuerda posible, he votado por la Presidencia de la República de Colombia, como simple y raso ciudadano.

He votado por el legado ciudadano colombiano de mis padres y, como la haría, en tanto ciudadano por alianza nupcial de la República Francesa: en ciencia con conciencia, ilustración y libertad, es decir, he votado de la manera más ilustrada, desinteresada y libre que le sea posible a quien aspira a que su deber y derecho ciudadano de voto contribuya, a nivel del poder público, a ser tejedor de poética de civilidad.

He votado por la candidatura propuesta en Colombia que me ha parecido la más sensata, la que no ha hecho campaña suscitando miedos ni se ha descreditado insultando al opositor o proponiendo el oro y el moro.

He votado por la candidatura que entiende la fuerza de la ley como ejercicio ilustrado y pedagógico del debido proceso en un Estado de Derecho, sin querer transformar al agente administrativo en policía y al policía en militar; es decir, sin trastocar la fuerza de la ley en la ley de la fuerza ni tampoco considerar que “los beneficios de la ley son para mis amigos y las durezas de la ley, para mis enemigos”.

He votado por la candidatura que no azuza miedos ni venganzas en el seno de la convivencia ciudadana, ni tampoco siembra cizañas que provocan diversas formas de guerra civil potencial.

He votado por la candidatura que considera el poder ejecutivo de la República al servicio inalienable de todos los ciudadanos, asumiendo y cuidando los principios constitucionales, los servicios públicos y el Estado de Derecho que encarna dicho poder ejecutivo, honorando la civilidad relativa a la separación de poderes en el seno de las instituciones republicanas, respetando las atribuciones del poder legislativo, las decisiones del poder judicial, la libertad de expresión pública de todos los ciudadanos, sobre todo la libertad de los opositores, de los lanzadores de alerta ante el uso y el abuso del poder; he votado por una candidatura que apunta a la igualdad ciudadana ante la ley, sin buscar con retórica ni leguleyadas alienar el derecho administrativo con el judicial ni confundir la responsabilidad política con el reglamento jurídico ni el acto administrativo.

He votado por una candidatura que le apunta al equilibrio regulado de los intereses individuales y corporativos, protegiéndolos con debida y honesta seguridad jurídica, sabiendo que, al mismo tiempo, la responsabilidad de todo poder ejecutivo electo, a nivel nacional, departamental o municipal, reside en la regulación de los intereses individuales en relación con el interés general, con los servicios públicos, con el bien común, para que lo individual no se sirva de lo público ni lo corrompa ni lo traicione, y para que lo público no aliene la capacidad disruptiva, innovadora y creativa que reside en la libertad individual y en su aspiración a superarse, transformarse, enriquecerse.

He votado por una candidatura que apuesta a una gobernanza regulada en subsidiaridad y delegación de poderes con dialógica descentralizada, responsable y solidaria con el bien general, los servicios y el dinero público, sea del orden nacional, departamental o comunal; buscando así que cada ciudadano considere como su deber cotidiano el combatir la corrupción, la desidia y la codicia, empezando por barrer esa basura desde el umbral de su propia puerta, hasta que la dignidad se vuelva virtud tanto en lo público, como en lo privado y en lo íntimo.

He votado, en suma, por la candidatura cuyo programa electoral ha puesto la dignidad de la persona en el centro de su propuesta de gobierno.

Los nihilistas y los cínicos dirán que la candidatura por la que he votado es un ideal utopista y tendrán razón, porque los ideales no existen, son; los ideales son para que lo existente en relación con los pensamientos, las palabras, las acciones y las omisiones de las personas pueda tener sentido, dirección y belleza, veracidad, bondad, y dignidad. Los ideales existen para que la realidad tenga valores y principios que combatan la corrupción que genera violencia, la violencia que genera miedo, el miedo que genera indiferencia. Los ideales existen para que podamos ser tejedores de manos unidas y rostros agraciados, expresiones vitales de PoÉtica de Civilidad.

Salud y fraternidad,